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| by Enrique Hoefnagel |
Para ello, tuve que conseguir el Co.Ci. (Código Cigüeña), único e intransferible, que me habilitaría a realizar la petición y que no podría utilizar más de una vez.
Marqué el número y atendió una voz monocorde que lo solicitó inmediatamente. A continuación hizo algunas preguntas básicas como: edad, estado civil, método de anticoncepción hasta la fecha y poco más. Cuando terminó con el cuestionario, la voz enlatada me ordenó que dejara de tomar la píldora y empezara con el ácido fólico yodado. Después se despidió con un “fin de la llamada en curso, gracias y hasta la próxima”.
Indignada, marqué el número de atención al futuro padre, costándome, por lo menos, dos horas de darle a la tecla R.
Como la señorita que me atendió era de carne y hueso, aproveché: "Por favor, sea amable en decirme cuándo llegará mi bebé y si la Cigüeña lo traerá en persona. También necesito saber el sexo y si es posible, alguna información sobre su ADN".
La señorita, muy desinteresada, me respondió, mientras masticaba chicle, que no tenía la menor idea y me aconsejó, después de explotar un globo en mi oído, que me lo tomara con calma. "¿Y cómo hago eso?" "Pues, olvidándose." "¿Olvidándome?, pero ¿cómo voy a olvidarme si justo ahora me pongo a pensarlo?" "Peor para usted, señora (¿señora?), porque cuanto más pendiente esté más largo se le hará. Ah, y otra cosa que no sé si se lo habrán dicho: espere un mes antes de empezar con los rituales (¿qué rituales?)."
Como me quejé de los servicios recibidos, la muy desfachatada insinuó que, si no estaba contenta, podía cancelar la petición y escribir a París para encargarlo, "pero yo no se lo recomiendo, están de huelga".
