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Peek a boo!

Jueves 14 de agosto
De chica era: ¿cuco, estás?, para jugar a esto de esconderse y aparecer o taparse los ojos con las manos y sorprender después al bebé con alguna cara ridícula. A mí no me hace falta.
Hace unos días me pesqué algo y ando con dolor de garganta. Desde entonces el barbijo es una especie de tatuaje facial movedizo. Movedizo y traicionero porque, cuando estoy en un momento crucial como el de adosarle la mamadera a Mateo, repta hasta llegar al medio del ojo  y de ahí parece no salir. Esto me pone muy nerviosa pero intento dominarlo porque me contaron que la mente todo lo puede y porque si no me da el ataque de tos, justo cuando no estoy chupando el caramelito para la garganta. Frente a  esta situación desesperante de no ver nada, de no saber si le estoy dejando la pupila blanca de leche y de tener la sensación de que me falta el aire al ver menos, no me queda otra que sacar la lengua. La consigna es clara y directa: tiene que salir de la boca puntiaguda y firme, tocar al barbijo y arrastrarlo hacia abajo una y otra vez para acomodarlo, al menos, un poco.
Por fin, cuando el panorama se aclara y tengo la vista libre, descubro que todo este tiempo le estuve dando la mamadera por el cachete. Lógicamente, no comió nada. Pero a él no le importa, me mira y se sonríe como disfrutando de la situación y me hace una carcajadita. Da la impresión de que tiene ganas de jugar. Bufo detrás del barbijo. Es que la máscara de cuco lo está pidiendo y parece que Mateo también: ¡Peek a boo, Mate!, le digo.
 Así es como la mamadera queda para dentro de un rato, con un caramelito para la tos, por si las moscas.

Mis días de marmota

Suena el despertador a las 2.30am. Me levanto especulando si puedo volver a la cama para dormir un rato más, haciendo cálculos de cuándo fue la última mamadera de Mateo y cuánto volumen comió.
Bajo las escaleras en pantuflas. Preparo una mamadera, entibio la leche, mato algunas hormigas, tomo un poco de agua, me quejo de la acidez. Subo las escaleras. Acomodo el almohadón de la mecedora. Me acerco a la cuna. Descubro el tul anti mosquitos y bichacos. Le pongo el babero y le doy la leche o eso intento porque nunca se sabe qué suerte  va a  tener uno en esta materia.
Vuelvo a la cama. Suena el despertador 5.30am. Bajo las escaleras, lavo mamaderas. Preparo una y repito lo anterior.
Suena el despertador a las 7.30am. Cali duerme con nosotros. La aúpo y la llevo a su habitación para ponerle el uniforme del cole. Le lavo dientes, manos y la peino. Preparo desayuno.
Ordeno lo que puedo de la casa (cada vez menos), me baño a los trotes y al mirar para abajo veo que tengo las uñas largas del pie y me prometo cortarlas en cuanto pueda. Baño a Mateo, le doy unos besitos. Preparo el almuerzo que en la mayoría de los casos es el rejunte de sobras si no está el marido. Preparo otra mamadera.
Juego con Mateo, con Cali, reto a Cali, le limpio popó  a Cali y cambio pañales. Reto a Cali otra vez. Atiendo el teléfono. Abro una Coca Cola y me la tiro en la cabeza para ver si logro alguna suerte de shock cafeínico. Se hace de noche inexplicablemente. Preparo la comida si puedo, si no, pedimos. Baño a Cali. La vuelvo a retar. Cenamos. Duermo a la nena en su habitación sabiendo que al rato aparecerá en la cama nuestra.
Suena el despertador a las 2.30am.